Érase una vez un puente blanco, hecho con piedras blancas.
Estaba un día ojeando el río. Estaba midiendo con los ojos la distancia que había de lado a lado. Así, a ojo, habría TRES O CUATRO ojos.
Los ojos del puente son como las zancadas. Depende del zancudo que las dé: si es un enano paticorto, o es un zancón zancudo muy gigante...
El río también puede ser: estrecho, como un soldado tieso y desfilante; rechoncho y ancho, como una vega frondosa y opulenta; e inabarcable, como un río de vidas, como un juego de meandros... como un sueño gigante.
El puente estaba peripuesto, presumido, casi ya terminado... Y miraba al río, que traía rizos blancos en el agua, y le besaba los pies, descalzos, y le arrullaba...
El puente estaba tirulato, y se quedó con los ojos en blanco. Era ya de noche; y se quedó dormido, con los ojos cerrados...
El río era un astuto. De noche, se hinchó de agua. Había llovido mucho, aguas arriba. Y la nieve blanca de Peñacorada, aguas arriba, en la montaña, le infló los bordes, rompiendo los lindes y los banzos. Y el río se desbordó, rompiendo todos los meandros aquietados.
Al llegar a la altura del puente blanco... - mejor dicho: a su bajura - se negó a pasar por debajo. Y se marchó cien ojos más allá, a la derecha (a su derecha), escarbando, escarbando...
El puente blanco despertó. Se restregó los ojos. Eso le llevó un rato. Restregar TRES ojos es muy pesado. Y además sin espejo, donde mirarse. No se lo creía, el pobre. El astuto río le había abandonado.
Fuente: Alfredo Escalada