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El Puente Blanco

Un cuento fantástico por Alfredo Escalada

Érase una vez un puente blanco, hecho con piedras blancas.

Estaba un día ojeando el río. Estaba midiendo con los ojos la distancia que había de lado a lado. Así, a ojo, habría TRES O CUATRO ojos.

Los ojos del puente son como las zancadas. Depende del zancudo que las dé: si es un enano paticorto, o es un zancón zancudo muy gigante...

Villahibiera

El río también puede ser: estrecho, como un soldado tieso y desfilante; rechoncho y ancho, como una vega frondosa y opulenta; e inabarcable, como un río de vidas, como un juego de meandros... como un sueño gigante.

El puente estaba peripuesto, presumido, casi ya terminado... Y miraba al río, que traía rizos blancos en el agua, y le besaba los pies, descalzos, y le arrullaba...

El puente estaba tirulato, y se quedó con los ojos en blanco. Era ya de noche; y se quedó dormido, con los ojos cerrados...

El río era un astuto. De noche, se hinchó de agua. Había llovido mucho, aguas arriba. Y la nieve blanca de Peñacorada, aguas arriba, en la montaña, le infló los bordes, rompiendo los lindes y los banzos. Y el río se desbordó, rompiendo todos los meandros aquietados.

Al llegar a la altura del puente blanco... - mejor dicho: a su bajura - se negó a pasar por debajo. Y se marchó cien ojos más allá, a la derecha (a su derecha), escarbando, escarbando...

El puente blanco despertó. Se restregó los ojos. Eso le llevó un rato. Restregar TRES ojos es muy pesado. Y además sin espejo, donde mirarse. No se lo creía, el pobre. El astuto río le había abandonado.

Fuente: Alfredo Escalada